Carta a mi amigo Bruno. Ley de la Función Militar. Algo está pasando

www.extremaduraaldia.com, 7 de noviembre de 2007.
Cartas al Director.

Amigo Bruno:

La  vocación  del  servicio  a la Patria y a nuestros ciudadanos ha sido la principal causa por la que decidimos convertirnos en militares.

Han  pasado  muchos  años  y quizá resulte algo grotesco lo que te comento, pero,  dime  sinceramente,  ¿quién  de  nosotros  no ha sentido un inmenso orgullo  al  vestir  el  uniforme, lucir las cadeteras o adornarnos con esa elegante gorra de plato?.

Y  éste,  ahora  ya,  viejo  sargento mira a su alrededor, comprueba que la sociedad  está evolucionando, que sus hijos tienen el mismo derecho a jugar con  los  mismos  juguetes que los de sus jefes. Y su esposa, el mismo derecho a estrenar  vestido y lucirlo cuando la ocasión lo requiera, como las esposas de sus jefes

¿Quién  no se ha emocionado cuando, en posición de firmes, ha escuchado los acordes  del  himno  nacional,  o  ha  sentido ese extraño placer al oír el estrépito ordenado de nuestro pelotón cuadrándose a nuestra voz?.

En  aquellos  años,  éramos  jóvenes,  dispuestos.  No sabíamos de Leyes de Función  Militar,  ni  de  trienios  ni  años de servicios. Nuestra carrera estaba  en  manos de nuestros Jefes, en los que confiábamos plenamente, por que  así nos lo habían enseñado.

Ellos se encargarían de velar por nuestros intereses, por que en ello iba el concepto de lealtad mutua.  Nos  alimentábamos  de  aquella  vocación,  de  aquella ilusión, de aquella “íntima satisfacción del deber cumplido”.

Pero  dicen  que quien se alimenta de ilusión corre el riesgo de morirse de hambre. Y  eso  está  pasando, amigo Bruno, que al suboficial se le alimenta con su propia vocación, y se le pretende recompensar por su sacrificio y el de sus familias  con su “íntima satisfacción del deber cumplido”. Y se le remunera con su propio amor al servicio…

Y  mientras desde sus coches oficiales y pabellones de cargo, esos jefes en los  que  hemos confiado plenamente, preparan sus discursos para que sigamos manteniendo  esa  capacidad  de  sacrificio ante tiempos difíciles. Pero al mismo tiempo se reúnen para arreglar “lo suyo”. Para indemnizar “lo suyo”.

La peligrosidad y la penosidad son circunstancias apenas tenidas en cuenta, a  la  vez que reiteradamente se recompensa las labores de responsabilidad, casualmente “su” responsabilidad, normalmente ligadas al empleo.

 Y  ahora, ante la posibilidad de ver mermadas sus aspiraciones personales, vuelven a la carga. “Esto hay que indemnizarlo”, dicen.

Y  aquél  joven  sargento,  orgulloso, ilusionado, leal y confiado se está haciendo viejo. Y  ve  que quién maneja las riendas del cotarro solo mira para sí mismo. Su propia carrera.

Y  éste,  ahora  ya,  viejo  sargento mira a su alrededor, comprueba que la sociedad  está evolucionando, que sus hijos tienen el mismo derecho a jugar con  los  mismos  juguetes el de sus jefes. Y su esposa, el mismo derecho a estrenar  vestido y lucirlo cuando la ocasión lo requiera, como las esposas de sus jefes.

Porque  nosotros fuimos los primeros en jurar derramar hasta la última gota de  nuestra  sangre,  y nuestra entera disponibilidad ha pasado el examen de los muchos  trienios  que  acumulamos.  Pero  esa  total  disponibilidad  no es sinónimo  de  gratuidad. Porque si quien lo decide no lo piensa así para sí mismo, ¿por qué lo ha de ser para sus subordinados?

Y  aquí  todos vamos en el mismo barco, ¿Porqué entonces a unos se les paga con  “íntima  satisfacción  del  deber  cumplido”  y  a  otros  con mayores complementos? ¿Porqué ante vicisitudes propias de la profesión militar unos han  de  apelar  al sacrificio  y  otros,  en  cambio,  a  indemnizaciones económicas?

Veo  a  muchos  de  nuestros  compañeros  salir  del Ejército por la puerta lateral  de  la  desilusión  y  la  decepción.  Defraudados, pasan a retiro acompañados  de informes médicos que no hacen más que avalar sus estados de ánimo.  Y los que se van no son recién llegados, no. También fueron jóvenes sargentos, y en tiempos quizá más difíciles que éstos. Pero se les acabó la ilusión de la que se alimentaban.

Mientras, desde algunos despachos se habla de picaresca o algo parecido, al mismo  tiempo  que  se  marca un número de teléfono para preguntar: “Señora Subsecretaria, ¿Cómo va lo mío?”.

Bruno, amigo, me despido con ese viva que cientos de veces hemos lanzado juntos al aire, ¡Viva España! Y ¡Viva el Ejército (que debiera ser)!

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