CARTA A UN REGULAR DE HONOR

12 de noviembre de 2006 

Carta para un ex-ministro anti-sindicalista y para todos aquellos que, como él, piensan que los militares se han de regir por normas y comportamientos parecidos a los que regían entre los señores feudales y sus vasallos.

Carta de la esposa o compañera de cualquier militar que sufre la dejadez de las instituciones hacia la condición de ciudadano de éste, y que contempla como a su compañero se le restringen derechos fundamentales, teniendo además que soportar las palabras soeces de quien estando al mando del Ministerio de Defensa se atrevió a decir, como en los momentos más siniestros de cualquier dictador, que él se erigía en el “representante sindical de los militares”, dando un buen ejemplo así de demócrata constitucionalista y defensor de los derechos humanos.

    Carta de esa familia cuyos componentes, si hay algún militar entre sus miembros,  se sienten distintos al resto de la ciudadanía; no por lo que conlleva la propia actividad laboral del militar, sino por la falta de  atención de los que tienen el deber  de darla ante las situaciones adversas provocadas por las características de la vida militar.
 
   Estimado Sr. :
       En primer lugar voy a presentarme: soy  esposa, compañera sentimental de un ciudadano cuyo trabajo es el de ser militar, y digo trabajo porque es la profesión elegida por él, sin que, para su entrada en la misma, haya efectuado ningún voto especial, sin que haya firmado su renuncia a derecho alguno, sin pertenecer a secta o ideología ninguna que le imprima el carácter militar, sin tener señal interna o externa que lo identifique como una persona-ciudadano distinto de  los demás.
 
   Mi marido entró en las Fuerzas Armadas sin renunciar a la Constitución y sin renunciar a todos los derechos que en ella se reconocen a todos y cada uno de los españoles, es más, prometió cumplirla y defenderla.
 
   Mi marido no eligió ser militar para que su familia, mujer y dos hijos, uno de ellos con discapacidad, sufriera los inconvenientes de cinco cambios de destino con traslados por toda la geografía española, con la consiguiente búsqueda de vivienda, de colegios, de médicos, sin ningún tipo de ayuda, orientación o apoyo por parte del Ministerio de Defensa.
 
   Mi marido no optó por esta profesión para que, estando apartado de la familia por periodos prolongados, de cinco a siete meses, un año  tras otro, no encontrara el menor apoyo para los suyos, teniendo en cuenta el trastorno que origina el que una familia se quede coja de forma traumática, a saber: la sobrecarga de trabajo en el seno de la familia, las carencias afectivas unidas al temor natural por las condiciones de seguridad personal en  las misiones internacionales y la falta de la figura paterna en la educación de los hijos, entre otros.
 

   Mi marido no llegó a la milicia para renunciar a las posibles mejoras retributivas, sociales o profesionales que, como cualquier otro trabajador, puede llegar a conseguir. Ni para soportar la indignante situación de comprobar como una mínima subida salarial es repartida de forma sectorial, corporativista  e injusta por aquellos que tienen la potestad de asignarla sin contar, para ello, con la participación del resto del colectivo.

 
   Mi marido sí ingresó en las Fuerzas Armadas para ofrecer un servicio a España en su defensa, incluso entregando su vida llegado el caso, pero no para perderla porque personas sin escrúpulos regateen unos euros. No es de recibo  que se  rebaje la calidad de los medios de trabajo, que han de ser acordes a la capacidad económica del país, hasta el punto de ocasionar  una falta de seguridad  y de calidad de vida en las misiones nacionales e  internacionales totalmente evitable. 
 
   Mi marido eligió las Fuerzas Armadas sabiendo que las condiciones de trabajo que tendría que soportar serían muy duras, debido a su peligrosidad y a las inclemencias de las situaciones no previsibles o por la inexistencia de medios, pero no porque esa dureza le fuera impuesta por economía, dejadez o incompetencia de los que piensan que cuanta  más dureza se soporta mejor militar se es.
 
   Mi marido sí entró en las Fuerzas Armadas para tratar de ser un buen profesional cumpliendo con su deber de ayudar a mejorar todo aquello que consiga fortalecer y hacer más efectivas a aquellas, y es por lo que no renuncia a poner de su parte todo el esfuerzo y los medios a su alcance para que, por los caminos legales que tiene a su disposición, pueda conseguir la dignificación de su trabajo, de su ámbito familiar y de su persona.
 
   Mi marido no  necesita que se le premie la dignidad, sino que no se la quiten, como ocurre muy a menudo en el ámbito de su profesión. Mi marido se sacrifica en el sentido de admitir una peligrosidad y  trabajo extremos, pero no en renunciar a sus derechos y a la dignidad de los suyos y de su persona.
 

   Atentamente,  una honrada esposa por ser familia de un militar.


   El pasado día 27 de octubre de 2006 el ex-ministro José Bono participó en un acto militar en Ceuta,  donde tuvo ocasión de arremeter contra el asociacionismo militar y contra la sindicación de los miembros de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Civil. El señor Bono se equivocó radicalmente. No existen sindicatos  ni sindicados en dichas instituciones. Arremete contra el asociacionismo que es un derecho fundamental de todos los españoles sin exclusión, recogido y reconocido en nuestra Constitución. Y falta descaradamente a la promesa electoral de su partido y al mandato parlamentario, desde hace casi un año, de confeccionar una ley de derechos y libertades de los militares.

     El señor Bono en su paso por el Ministerio de Defensa no se ha enterado de nada, o no le han dejado enterarse. Ha hecho bien en irse.

 

 
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