Cumpliendo órdenes

Francisco Maceira.29 de septiembre-

Las recién salidas del horno Reales Ordenanzas para  las Fuerzas Armadas  dejan en su  artículo  48,  titulado “Límites de la obediencia”, un resquicio para el incumplimiento de  una orden: Si las órdenes entrañan la ejecución de actos constitutivos de delito, en particular contra la Constitución y contra las personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado, el militar no estará obligado a obedecerlas. En todo caso asumirá la grave responsabilidad de su acción u omisión.

En realidad esto ya existía porque una orden es un mandato legal  y si un mando  ordena   cometer una acción no legal ya deja de ser por definición una orden y ya no sería obligado su cumplimiento.  Todo esto teóricamente porque en la práctica pocos rehúsan cumplir una orden. Siempre me llamó la atención el contraste de la valentía que un militar manifiesta ante el enemigo y la cobardía y sumisión de ese mismo militar ante sus superiores. Así se entiende que bajo el clásico “yo solo cumplo órdenes” se hayan  cometido las mayores atrocidades de la historia de la humanidad.

¿Cumplía órdenes el soldado  que  abría  la espita del gas en el campo de concentración de Mauthausen?

¿Cumplían órdenes los  militares argentinos que desde 2000 metros de altitud lanzaban civiles vivos al mar en los tristemente famosos “vuelos de la muerte”?

Un responsable  estadounidense  de  la prisión  de Guantánamo   preguntado  sobre la inseguridad jurídica y   las torturas que se cometían en el penal  respondió,  sin un ápice de culpabilidad ni remordimiento, que él no estaba cometiendo nada malo. Simplemente estaba cumpliendo órdenes como militar que era.

En los años 60  el  psicólogo estadounidense Stanley  Milgram realizó un experimento sobre la obediencia ciega y  su relación con el holocausto nazi. Quería encontrar la respuesta de  por qué  miles de participantes en este genocidio no se rebelaron  contra unas órdenes  cuyo cumplimiento implicó la muerte de millones de personas.

 En el experimento se  colocó  un voluntario en una cabina al frente de una consola con pulsadores.  Éstos estaban conectados a través de unos electrodos al cuerpo de un alumno en otra cabina, también de cristal, al cual se le iban realizando una serie de preguntas.   Cuando el alumno fallaba alguna pregunta el voluntario debía presionar un pulsador para que  recibiera una descarga eléctrica. A  medida que aumentaban los  fallos del alumno el voluntario debía aumentar también la intensidad de corriente para que aquél recibiera mayor castigo. Hay que aclarar que el alumno era un actor que fingía dolor,  pues no había tales descargas eléctricas, pero el voluntario no lo sabía.

 Lo sorprendente del experimento Milgram es que de un grupo de voluntarios escogidos de manera aleatoria fueron muy pocos  los que no quisieron seguir con aquella tortura. La mayoría continuó  con las descargas  eléctricas al alumno a pesar de sus gritos. Simplemente porque el experimento  así lo requería o el director del mismo  le indicaba  que debía continuar, que era necesario…

 Si tras una breve explicación de cual era su cometido en este  experimento, el 65 %  de los voluntarios  obedeció  sin importarles el gran sufrimiento que  estaban infringiendo  a una persona,  ¿que no será capaz de hacer la mente humana   tras ser aleccionada durante  varios años en una academia militar?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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