De derechos y asociacionismo

EL FARO DE CEUTA,Por Asociación Unificada de Militares Españoles -AUME www.aume.org-18 de diciembre de 2005

Esperamos sin buscar, el método, invento, idea brillante o milagro que nos saque del pozo de las aguas oscuras, que nos libere de las ataduras de la sinrazón, que haga desaparecer la injusticia, que destierre el trato no digno hacia la persona; sin darnos cuenta que, en esa espera, el tiempo pasa, la vida se consume y la esperanza se instala en nosotros como un amante fiel que no engaña, que se ciñe a nuestra vida y no nos deja ver como aquella pasa, sin conocer lo que podríamos llegar a ser, sin ver mas allá de la esperanza, sin gozar del derecho pleno que haga de nosotros personas sin la añoranza de un tiempo que no llega, personas que realicen su vida soñada.

No nos cansamos de esperar. Somos por naturaleza optimistas, dejamos que los hechos fluyan a nuestro alrededor, como si un orden natural estableciera que poco a poco las cosa tornen a un estado lógico, que es el que todos creemos que tiene que existir y no otro. Pensamos que la vida tiene un orden natural que obliga de manera continua, aunque a veces pausada, a restablecer todo aquello que entorpece dicho orden, creando un sistema donde la justicia se abre paso equilibrando nuestro entorno desigual y proveyéndonos de aquello que se nos niega de forma ilógica.

Estamos casi convencidos, en el ámbito castrense, que este sentimiento de esperanza en el encuentro de lo esperado, es a menudo una característica del militar casi inherente a su formación, pues es norma recibir como enseñanza que se nos proveerá, pues parece que siempre hay alguien, “por encima” que piensa en nosotros.

Es falso, al menos en términos absolutos; no nos engañemos.

Pensamos, muchas veces que por el hecho de resultar pesados, repitiendo a nuestro superior jerárquico, una y otra vez la queja, el problema o la solución, termina haciéndose firme dicho acto y solucionándose la situación. También creemos que por hablarlo una y otra vez entre los compañeros, la problemática que queremos transmitir o denunciar llega a quien tiene la responsabilidad de solucionarla. Y lo que es peor, muchas veces pensamos que, por ciencia infusa o designio divino, el mando conoce de la problemática, ya que a nuestros ojos y a nuestro pobre entender resulta de una evidencia tal la deficiencia, que es obligado que se conozca sin que intermedie canal de transmisión.

Estamos instalados en esa comodidad del “ya se arreglará”, o “ya arreglaran”, o “ya hará alguien algo”, sin darnos cuenta que hemos caído en el engaño de esa falsa esperanza, a la que nos lleva una falta de voluntad carente de valor, para tratar de conseguir aquello que se nos niega, aquello que por derecho es nuestro, aquello que se nos usurpa cual sistema ladrón.

Si no nos movemos nadie vendrá a hacerlo por nosotros, a no ser que el que lo haga, lo que consiga sea buscar únicamente su interés.

Hemos de dar el paso adelante y de una vez por todas comenzar a ser nosotros los que tratemos de arreglar todo aquello que sistemáticamente no se arregla. Para ello hemos de ser conscientes de la carencia de un marco que imposibilita la acción, (falta de derechos), y la necesidad de una acción decidida utilizando los medios que la normativa vigente pone en nuestras manos.

Informar, dar parte, solicitar, elevar quejas, recurrir, etc., son formas que la legislación pone como herramienta de empleo individual en los canales reglamentarios dentro de los cuarteles. Pero no tenemos que olvidar que desde que la Constitución es lo que es, y sobre todo desde que hemos empezado a ser conscientes de lo que ella misma nos reconoce, contamos con una valiosísima herramienta que potencia la intensidad del individuo de forma directamente proporcional a la cantidad de individuos que se suman.

El asociacionismo militar es un hecho. Pese a las palabras poco dignas y cercenadoras de algunos políticos, tratando de ralentizar o frenar el movimiento asociativo entre los miembros de las Fuerzas Armadas, el derecho a asociarse de los militares ha surgido como un león durmiente al que se le despierta hambriento, tras un largo letargo. Dejémoslo en que estábamos dormidos y no maniatados y cegados por un poder fáctico interesado en el mantenimiento de unos privilegios, donde el control de las voluntades y de los pensamientos es una norma elemental de autoprotección del sistema a mantener. Creamos, por el bien del sistema, en que no hemos sido capaces de ver mas allá de nuestro empeño personal en cumplir lo que, con en el mismo entendimiento ciego, se nos ordenaba. Y seamos pues consecuentes con ese desconocimiento generalizado en todo el sistema, siendo partícipes de una labor pedagógica consistente en enseñar a quien no sabe y también al que se empeña en no saber.

Es hora ya de dar el paso, de ser conscientes de esta nueva forma, vieja ya para el resto de la sociedad, de tratar nuestra problemática laboral en sus vertientes profesional, social y remunerativa, sin esperar de la “ciencia infusa”, “del poder divino”, o aún lo que es peor, “del beneplácito de quien nos ordena”.

El asociacionismo consigue el tratamiento de la problemática que el sistema de gobierno e incluso el legislativo, deja de lado, sumiendo a colectivos en un mar de injusticia y creando un verdadero desequilibrio dentro de la sociedad, al no hacer efectivos los derechos de algunos o incluso al negárselos.

Siendo las Fuerzas Armadas una institución donde sus miembros, ya de por sí, carecen de algunos derechos indispensables para su vida profesional y familiar, no es de extrañar que el movimiento asociativo este calando hondo en ellas, consiguiendo ser una fuente de esperanza donde la participación nos hace ser protagonistas activos de nuestro devenir dejando a un lado ese inmovilismo promovido por un sistema conservador y caduco que ha oprimido durante generaciones esa voluntad de unión para tener la fuerza, que paradójicamente empleamos para conseguir el propósito de nuestra labor como militares y que habíamos dejado de lado para nuestros intereses como personas.

Bien harán los instrumentos que tiene el estado a través del propio Ministerio de Defensa, en dejar de ver enemigos donde no los hay y permitir que los miembros de las Fuerzas Armadas podamos resolver los problemas que el estado, lejos de ese “velar por nosotros”, no nos soluciona.

Se prometió una Ley de Derechos y libertades de los militares y estamos esperando por ella. Con ella quizás algunos reconozcan ya, de una vez por todas, que la Constitución es igual para todos y los militares somos ciudadanos tan dignos como el resto de la sociedad.

El asociacionismo es un derecho de la persona, reconocido por la Constitución, que ha comenzado ya en el ámbito de las Fuerzas Armadas y nadie lo va a parar, entre otras cosas por que nadie tiene ni el derecho ni el deber de hacerlo, a pesar de las mentes calenturientas que quieran intentar cercenarlo.

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