
Los hechos ocurrieron un fin de semana de mayo de 2005. Desde su llegada a las islas, los soldados allí destinados llevaban una vida cómoda que les permitía disfrutar de momentos de descanso y levantarse a una hora prudente sin desatender el objeto de su misión. Pero el domingo 15 de mayo todo cambió.
Un día antes habían desaparecido un GPS y un cuchillo de buceo de una embarcación propiedad de un brigada que había acudido a las Islas a una comida junto a otros mandos. El teniente en funciones de Comandante Militar de las Islas sospechó que los objetos habían sido sustraídos por alguno de sus soldados, por lo que reunió a la guarnición tras la cena y lanzó una advertencia a la tropa: «Se había terminado la vidilla» hasta que los objetos aparecieran y, a partir del día siguiente, les quedaría prohibido acceder al puerto, que era donde los soldados se bañaban y tomaban el sol.
Diana a las ocho
El citado domingo 15 de mayo, tal y como había advertido el teniente, la diana tocó a las ocho de la mañana. Una hora y media más tarde, los 30 miembros de la guarnición debían estar formados para que a cada uno le fuera asignada la tarea del día: debían desbrozar el camino que une el helipuerto y el puerto de la Isla Isabel II ante la próxima visita del ministro de Defensa a la guarnición.
Cuando el cabo primero llegó al lugar donde debía efectuarse la formación, comprobó que faltaban soldados y allí mismo fue informado de que había miembros de la tropa que no habían querido levantarse de la cama. Su reacción, tan espontánea como airada, fue la de preguntar «si aquello era una guerra o la revolución islámica». Acto seguido entró en las camaretas y ordenó a los que habían preferido seguir durmiendo que se levantaran y se unieran a la formación. Pero hicieron caso omiso, unos porque era domingo, alegaron, y otros simplemente «dándose la vuelta en la cama y dando la espalda al cabo primero». Hubo cuatro soldados que sí obedecieron y se prepararon para formar, pero se cruzaron por el camino con otro grupo que, tras la mención del cabo primero a la revuelta islámica, había tomado el camino contrario, de regreso a los dormitorios.
Duros de pelar
El cabo avisó entonces a sus superiores, incluido el teniente en funciones de comandante. Uno tras otro se dirigieron a la camareta el cabo primero, dos cabos más y el propio teniente, pero nadie consiguió sacar de la cama a los rezagados. La situación provocó el relevo de once soldados de la misión en las Islas, aunque sólo diez fueron finalmente condenados.
En una sentencia de la que ha sido ponente Agustín Corrales, la Sala Militar del Supremo confirma la condena de los diez soldados al entender que la orden que dio el teniente el sábado por la noche -diana a las ocho y prohibición de entrada al puerto- era «lícita» y «legítima». Según la Sala, no supuso un «castigo colectivo» por la desaparición del GPS y el cuchillo sino más bien una reacción ante la «pérdida de confianza» en sus soldados por el cómodo régimen de vida que llevaban. Sobre la actitud desobediente de los soldados, la sentencia destaca que fue «persistente y contumaz» (desoyeron varios y sucesivos mandatos) además de llevarse a cabo de forma colectiva.
No está de acuerdo con la mayoría de la Sala el magistrado José Luis Calvo, autor de un voto particular en el que defiende la absolución de los militares porque la orden fue «arbitraria» y se impartió como castigo ante la desaparición de los objetos propiedad del brigada.
Partidario del criterio expresado por Calvo se ha mostrado también Mariano Casado, secretario general de la Asociación Unificada de Militares Españoles (AUME), quien no duda en afirmar que la actitud del mando fue una «desviación de poder», ya que «se utilizó la potestad de mando y disciplina para otro fin distinto, como es averiguar al autor del presunto hurto. Bajo el ropaje de la disciplina se utilizaron órdenes para funciones no previstas en el ordenamiento militar».
Esta sentencia abre el debate sobre la necesidad de acometer la urgente reforma del sistema disciplinario militar, que data de 1998, y cuya aplicación no ha sido ratificado por España hasta este año, como consecuencia del arresto del presidente de la AUME. A juicio de esta asociación, con esta sentencia «los derechos y libertades de los militares han quedado mermados por una aplicación disciplinaria que no se ajusta al ordenamiento jurídico».
La sentencia, según Casado, es «la punta del iceberg de otras cosas que habría que preguntarse: ¿los militares están en las Chafarinas para defender el territorio español o para pintar o desbrozar caminos?».