Ejército, arbitrariedad y favor

Eldiarioalerta.com, Fernando Merodio, 10 de Abril de 2007

[…]el ejército demanda su integración en la sociedad, abrir puertas y ventanas a los ciudadanos, ventilarlo, acabar con el oscurantismo, equiparar la formación en todas las escalas, legislar derechos y deberes, objetivar los complementos económicos y evitar arbitrariedades[…]

ES el de patria un concepto pervertido (o perverso), una disculpa que casi siempre nace del enfrentamiento y, salvo ensoñaciones catetas y egoístas prendidas de un bucle melancólico, fruto de la victoria; se trata de lo que Walter Benjamín definía como .la violencia generadora de derecho. que, además, sirve para identificar al enemigo, ente arbitrario que acarrea la descalificación más dura, antipatriota, para quien no lo condena con dureza. En tan cenagoso caldo se desarrolla próspera la industria miserable de la guerra y, en torno a ella, el ejército; es un caldo que propicia el (mal) uso de conceptos tan retorcidos como paz o victoria, que, a fuerza de pretender que digan tanto, acaban por no significar nada, generar incomunicación y obligar a partir otra vez de cero, casi a volver a la Edad de Piedra.
 
Acababa diciembre de 1970, era joven y una ambiciosa (ilusa) idea de libertad me llevaba a encerrarme, junto a otros pocos, en la sede del Colegio de Abogados de Madrid, del que formaba parte, a mostrar mi firme disconformidad respecto al juicio de Burgos, brutal intento de legitimar el asesinato legal .¡aquella ley!. de un grupo de jóvenes despistados que oponí- an a la patriótica dictadura de Franco el patriotismo, también corrupto, de ETA. Días más tarde, el 1 de enero de 1971 un tren militar me conducía, contra mi voluntad pero en silencio, desde la Comandancia de Marina de Santander hasta el Ministerio en Madrid y, desde allí, hasta la Agrupación de Infanter ía de Marina de Cartagena, a cumplir el servicio durante dieciocho eternos meses, a conocer por dentro lo que los militares llamaban ejército, reino del más insoportable, irracional, absurdo ordeno y mando, reino también, entre paréntesis, de lo más necio, en el que, por la sola razón de medir algo más de un metro ochenta, militante marxista convencido, me hacían escolta personal del ministro. Era el ejército un decorado para asustar al timorato, frenar al enemigo interno y al que pensaba, arruinar jóvenes; un esperpento para aparentar que se mandaba, perder el tiempo, enseñar a obedecer y a guardar silencio.
 
Han pasado los años, casi cuarenta, y de aquel sistema, de aquellos polvos que amasaba una mayoría silente, han nacido estos lodos que llaman la democracia, en la que, digan lo que digan, mandan los mismos. Es ejemplar que Revilla, atrabiliario (mal) gestor del egoísmo peque ño y próximo, venido sin pudor del pasado oscuro, cargado de verborrea y gasto, no hace mucho, sin matices y demag ógico, no dijera que era pacifista y no quería ejército o que quería un ejército como el de Trotsky o Ho-Chi-Min, con ideas revolucionarias muy pensadas, sino que pontificara que los militares .tienen que estar calladitos, puesto que lo tienen prohibido y además es muy lógico., recordando a Franco. Viene de la democracia orgánica, de no pensar, de recitar letan ías, no se avergüenza pero nos avergüenza cuando, sin ideolog ía -él lo dice, ni izquierda, ni derecha-, no matiza, ni da razones para exigir el silencio de otros. Parece creer que el ejército controla las armas -es evidente que lo hacen otros- y le aplica la técnica totalitaria del ordeno y mando; los quiere armados, pero sumisos, sin pensar, silentes, vegetales humanos, esclavos sin derechos. Aplica una técnica muy extendida: aparenta que se cambia todo, para que nada cambie.
 
Cuando antes de hablar se piensa y la libertad alimenta las ideas, suceden otras cosas. Hannah Arendt, por ejemplo, se hace preguntas que nos dan prácticamente la respuesta, .¿Es posible que la actividad del pensamiento como tal -el hábito de reflexionar sobre cualquier cosa que suceda o llame la atención, más allá de los resultados y los contenidos específicos- sea parte de las condiciones que hacen que los hombres se abstengan de hacer el mal, o que incluso los condicione contra ese mal?.. Si se acepta como buena, y yo lo hago, la respuesta afirmativa, debemos pedir al censor, al (mal) gestor del ego- ísmo de lo pequeño próximo, que nos aclare si lo de .bien calladitos . significa que los militares deben, tras pensar, callarse o si, además de silentes, los quiere con el electroencefalograma plano permanente, para evitar que razonen y, dialécticos y serios, le puedan argumentar lo que piensan de su delirante verborrea. Para nuestra tranquilidad parece también necesario que explique sus razones, sus ideas si las tiene, sus argumentos para tan firme y segura exigencia de que otros, y no él, est én .calladitos.; sería deseable que, además, amplíe la respuesta a si sólo quiere que callen los militares o si, en casos concretos, ampliaría tan represivo deseo a otros supuestos; eso sería aún más peligroso

En el aquí y ahora que habita tan atrabiliario presidente, en el Instante, los militares se rigen por la Ley 85/1978, preconstitucional como la bandera del águila; se trata de unas Reales Ordenanzas aprobada siete días antes de que el Senado sancionara la Constitución vigente, cuyo artículo catorce dice que .la justicia debe imperar en el ejército de modo que nadie tenga nada que esperar del favor, ni temer de la arbitrariedad..
 
Un declaración formal que, al estar donde está, se convierte en derecho esencial de los militares, derecho que, como el hecho de que no se puede hablar de justicia donde se impone el silencio, sin duda no conoce quien los quiere .calladitos.Todo ello remite a la conocida teoría de Arendt sobre la .banalidad del mal., aquella que dice que el mal no nace, casi nunca, de algo demoníaco o monstruoso, sino de .una curiosa y, de hecho, auténtica incapacidad para pensar.. Remarco, como hacía la filósofa de forma terminante, que no hay que pensar que siquiera la intencionalidad más inocua mitigue la responsabilidad del agente generador del mal, responsabilidad que, en todo caso, deberá ser exigida.

Una vez que el poder civil acepta la discutible necesidad del ejército, el hecho de que un alto cargo militar opine en pú- blico, diga lo que diga, no es un problema serio en una sociedad correctamente estructurada, ya que esas opiniones, en todo caso, serán juzgadas con la ley en la mano, imponiendo las sanciones que procedan. El verdadero problema es hoy sustituir las Reales Ordenanzas por una norma constitucional plena, que dé solución a los problemas de siempre.

Es, en verdad, un problema serio porque la norma que hoy debate el Parlamento, constituye un buen ejemplo de incumplimiento flagrante por parte del Gobierno de compromisos electorales adquiridos, como tantos otros, desde la convicción de que no iban a ganar las elecciones. Es una norma bluff, hay una gran distancia entre las intenciones que anuncia su exposición de motivos y lo que su texto realmente articula, una norma que deja, por otra parte, la concreción de lo importante para sus reglamentos y la redacción de éstos en manos de la escala superior de los oficiales, elitista cúpula militar, corporación clasista, anquilosada y retrógrada, que aleja de la elaboración y desarrollo de la ley a la mayoría del ejército, a la parte más dinámica y democrática, a la tropa y la mariner ía, los suboficiales y los oficiales de la escala media. En lugar de la antidemocrática censura que patrocina Revilla, el ejército demanda su integración en la sociedad, abrir puertas y ventanas a los ciudadanos, ventilarlo, acabar con el oscurantismo, equiparar la formación en todas las escalas, legislar derechos y deberes, objetivar los complementos económicos y evitar arbitrariedades, como las sufridas por el brigada Jorge Bravo, presidente de AUME, por unas declaraciones sobre el accidente del helicóptero Cougar, crear el Observatorio Militar, potenciando, en definitiva, el asociacionismo militar democrático desde la base hasta la cúpula,…

El necesario y urgente cambio social, revolucionario, no será efecto de un único y fuerte golpe, sino de un millón de picaduras de abeja, de un millón de dignidades nuestras; por mucho que traten de engañarnos, democracia no es sólo instituciones políticas y elecciones, es, sobre todo, .espíritu democrático . que en tiempos de enemigos amorfos y ambiguos, de ansiedades y de miedos, exige huir de las falsas y viejas certezas sólidas y obliga a plantear muchas Inconveniencias como ésta de la lucha frontal contra la censura, la arbitrariedad y el trato de favor en el ejército.

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