La Razon, 20 de noviembre de 2006
MADRID/ROMA- Sur de Líbano, pueblo de Khiam, una zona actualmente bajo responsabilidad de las tropas españolas en Líbano. Una bomba provoca un inmenso cráter durante los combates con Hizbulá en el transcurso de un ataque aéreo de la aviación israelí en esta localidad. Tiempo después, dos profesores libaneses de física, Mohammad Ali Kubaissi e Ibrahim Rachidi, realizan una serie de mediciones en el lugar donde cayó la bomba, supuestamente una «Bunker Buster», un artefacto guiado capaz de volar por los aires un refugio subterráneo.
El resultado de sus mediciones provocó una notable sorpresa: la radiactividad era 200 veces superior a la media de la zona, según informó la televisión italiana RAI en un reportaje titulado «Anatomía de una bomba».
El 17 de septiembre, Ali Kubaissi guía hasta el cráter a un investigador británico perteneciente a la organización medioambiental «Green Audit». Éste, Dai Williams, recogió muestras que envió inmediatamente a un técnico del Comité Supervisor del Uranio Empobrecido, que las remitió al Ministerio de Defensa británico. Dos muestras radiactivas Las muestras enviadas por Williams fueron analizadas por el laboratorio nuclear Harwell, uno de los más importantes centros de investigación en esta materia en el mundo.
Un mes después de la visita del investigador británico a Khiam, Harwell le envió los resultados: dos de las diez muestras que había recibido contenían radiactividad.
El 2 de noviembre, otro laboratorio británico, The School of Oceanographic Sciences, confirmó los resultados del anterior: el cráter de Khiam contiene uranio ligeramente enriquecido, conocido como empobrecido dado que no tiene la calidad suficiente del uranio de la bomba atómica, pero sí la fuerza para destruir estructuras de hormigón. El problema de este tipo es que su radiactividad se queda sobre el terreno durante años, y aquel que se expone a él corre riesgos claros de resultar contaminado.
De hecho, según el experto en toxicidad José Cabrera, con una exposición prolongada al uranio empobrecido se podría desarrollar incluso cáncer de piel a medio y largo plazo. No obstante, «no hay que desatar las alarmas, porque hace falta una amplia exposición». Por su parte, la Universidad de Ferrara analizó las muestras del uranio y encontró una estructura anómala: su superficie tenía silicatos de aluminio y hierro, elementos habituales en un fragmento de tierra.
Pero, mirando más adentro, los investigadores hallaron pequeñísimas burbujas con enormes concentraciones de hierro. Pese a todo, las investigaciones de la universidad italiana no han terminado, y las conclusiones finales determinarán a qué se deben esas extrañas estructuras, aunque por el momento sí tienen claro que no se deben a procesos naturales. En cambio, Williams está convencido de que la radiactividad se debe a un nuevo tipo de armas en las que se ha usado uranio enriquecido, no a través de procesos de fisión, sino con un nuevo proceso físico que se mantiene en secreto.
Mientras, el Ejército israelí niega el uso de este tipo de uranio en el Líbano.
Este material tóxico ya se encontró en Kosovo e Irak
La experiencia del Ejército con el uranio ya viene de lejos. No en vano, los soldados españoles ya se han encontrado con esta sustancia radiactiva en otras misiones, en concreto en Irak y en Kosovo.
En el manual del Centro de Inteligencia y Seguridad del Ejército (CIFAS) para la misión iraquí constaba como una de las mayores preocupaciones de nuestros soldados el verse expuestos a la radiaciones de uranio. Así, el manual advertía de que, como consecuencia de este tipo de munición utilizada por Estados Unidos durante los bombardeos de los años 1991 y 2003, «grandes áreas de Irak pueden presentar niveles de radiación residual por encima de lo normal».
En Kosovo, la situación fue más preocupante si cabe, sobre todo si se tiene en cuenta que la propia OTAN reconoció haber lanzado proyectiles con uranio empobrecido no sólo en territorio kosovar, sino también en Bosnia. Nada más y nada menos que 10.800 proyectiles con uranio empobrecido fueron disparados entre 1994 y 1995 contra las tropas serbias que asediaban Sarajevo.
Incluso una televisión española llegó a informar de que algunos soldados españoles habían padecido cáncer por su contacto con la radiación procedente de los proyectiles, algo que el Ministerio de Defensa desmintió, asegurando que se habían hecho exámenes a 5.000 soldados que habían estado en diferentes etapas en Kosovo y ninguno de ellos dio positivo en las pruebas de radiactividad.
Pese a todo, las tropas españolas llevan entre sus efectivos equipos NBQ (Nuclear, Bacteriológico y Químico), con especialistas entrenados en este tipo de armas, lo que permite su tratamiento con las medidas de seguridad necesarias para evitar enfermedades.