Son muchos los esfuerzos que se han llevado a cabo, y que aún se realizan, desde los distintos gobiernos, para mostrar a la opinión pública, a través de campañas de marketing, unas Fuerzas Armadas que están en consonancia con lo que la propia ciudadanía demanda. Pero aunque se acierta con los fines no se acierta de igual modo mostrando la realidad y esas campañas sólo sirven para enseñarnos una postura gubernamental sin que nada tenga que ver la verdadera situación de las Fuerzas Armadas y de sus componentes. Son campañas que dejan calar la idea política bajo el enaltecimiento de unas supuestas virtudes de los militares.
Tras los años de la dictadura nos encontramos con unas Fuerzas Armadas que sufrieron un rechazo social por su pueblo aún temeroso, o más bien expectante, ante lo que desde dentro de los cuarteles se pudiera estar gestando o pensando, resultando de ello que el militar continuara recluido en los cuarteles y quedara al margen de muchos de los progresos sociales que se estaban produciendo. Ya con la democracia consolidada y con la necesidad de darle una utilidad moderna a las Fuerzas Armadas, comenzaron los grandes cambios transformadores de aquellas, cuyo resultado es el que hoy vemos, pero estando aún en transición. La modernización no se hizo esperar. La reorganización interna, la incorporación de nuevos medios y sistemas y, sobre todo, la participación en misiones internacionales sirvieron para darle un nuevo contenido cuyas líneas maestras están perfectamente enmarcadas en la Constitución. Claro está, que como un organismo más del Estado, las Fuerzas Armadas enseguida pasaron a ser objeto de utilización política; siempre lo habían sido, pero a ahora con un marcado carácter partidista.
Siendo cualquier ejército un escaparate de la política exterior de un país, incluso de la acción interior, las campañas de marketing dirigidas desde los gobiernos se vuelven imprescindibles, no tanto para mostrar lo que realmente se hace sino para matizar las posturas políticas adoptadas en esa materia concreta de la “acción exterior”. Dará lo mismo que sean misiones de paz, de guerra, humanitarias o de intermediación, pero la realidad consiste en que son militares que salen armados de nuestras fronteras y que muchas veces vuelven heridos o muertos de esas “misiones”.
Se realiza un gran esfuerzo para mostrarnos una imagen (siempre apartada de la realidad) de unas Fuerzas Armadas que trabajan con fines humanitarios como ONG,s, o que marcialmente cumplen una orden y acuden a una guerra; y más de reparto de alimentos, de ayuda sanitaria, de acudir a desastres naturales, etc.
Toca estos días mostrar a nuestros soldados empuñando armas enseñándonos la clara “postura” del Gobierno.
Corren ríos de tinta para ensalzar valores o “virtudes” de los militares, al tiempo que se les exige como un deber innato de la vocación; se juega mucho con el concepto servicio, convertido en deber y elevado a virtud. Un eslogan ministerial reza: “el valor de servir”, como algo innato del que ejerce la profesión militar. Nada más lejos de la realidad. Tenemos unas Fuerzas Armadas con un marcado carácter ocupacional, mucho más que vocacional. Prueba de ello lo son los contratos temporales y la finalización del servicio a los 45 años para una gran parte de los militares; no se puede explicar una “vocación” a plazos o a golpe de aprovechar las crisis de empleo (en épocas de gran paro aumenta la demanda para el ingreso). Y las “virtudes” con que se les ensalzan no son, ni más ni menos, que los deberes contractuales que se adquieren al firmar los compromisos como militares. Esos valores, esas supuestas virtudes, son exigencias de la profesión y, en muchos casos, lo son también del sueldo.
Existe una situación bien distinta a esa imagen ideal que nos intentan vender continuamente. El militar como trabajador sufre las mismas problemáticas que cualquier otro trabajador en cualquier otro sector: problemas de sueldo, de formación, de puesto o destino, de conciliación, etc. La diferencia estriba en que tiene algunos problemas más, añadidos. La situación de lejanía temporal de su familia, la peligrosidad y penosidad en las misiones, la alta movilidad geográfica, el desarraigo social – y familiar muchas veces-, todo ello unido a la limitación de derechos que le imposibilitan una acción reivindicativa plena. Todos ellos son factores que determinan el estado actual del militar. Un estado muy alejado de ese ideal de valores y virtudes que a través del marketing nos intentan mostrar.
El aguante del soldado o marinero que se mantiene con contratos temporales sujetos a un estado de “sumisión”, la “retención” en el empleo, la falta total de transparencia y de justicia en los procesos de evaluación para el ascenso, la falta de promoción interna, las clasificaciones, la falta de reconocimiento académico, la movilidad geográfica sin apoyos decididos, los horarios sin control, las guardias sin retribuir, las necesidades del servicio, las vacantes sin control de libre designación, la inexistencia de apoyos a los desplazados y a sus familias, los repartos injustos de complementos retributivos, las adaptaciones orgánicas, forman todo ello el verdadero mundo dónde se desenvuelve el militar. Un mundo creado por las desastrosas leyes de tropa y marinería y de la carrera militar, dónde el auténtico valor no es el de servir sino el de una gran paciencia para aguantar. No hay mayor virtud ni mayor valor que la capacidad de estos profesionales, todavía hoy muy callados, de aguantar.
Lo que aguantan nuestras Fuerzas Armadas, no se conoce en un día, encandilarnos con su vistosidad, sí.