FAMILIA Y EJÉRCITO

AUME, ABRIL de 2006

Es un hecho cierto que la convivencia de estos dos conceptos genera multitud de problemas según en que situaciones de la vida del militar nos fijemos. Es seguro que todos y cada uno de los militares han padecido el infortunio de tener que decidir en cual de los ámbitos basar la principal actividad de su vida sin tener la oportunidad de poder conciliarlas, al menos, como el resto de la ciudadanía.

Familia y ejército no debieran ser ámbitos contrapuestos en una sociedad, ya en el siglo XXI donde las ideas de acción social y conciliación de vida familiar y laboral surgidas durante el siglo pasado comienzan a tomar forma en la Europa de hoy. El nexo trabajador-empresa debe propiciar un encuentro de intereses en el sentido que una mejora en la estabilidad familiar redundará en un mejor rendimiento laboral. ¿Qué se puede esperar del militar mal atendido (incluyendo la desatención de su familia) cuando en el campo de operaciones se le deba exigir un esfuerzo extremo de entrega física personal, con lo que supone el riesgo de su pérdida o merma física para su familia?

En el Ejército, a día de hoy, no existe ni un atisbo de conciliación de ambos conceptos. Pero lo que mas inquieta es que, con el aumento de misiones en el extranjero y próximamente con la creación de la UME y la FCRR, el militar está sufriendo ya una mayor dependencia física y temporal de su actividad laboral en detrimento de la atención y vinculación a su familia. Estar exaltando continuamente valores castrenses, como los sentimientos patrióticos, la entrega altruista, el honor y demás virtudes mal entendidas como una especie de energía del militar que se ha de encauzar hacia esas especiales condiciones de trabajo, resulta ya casi una tomadura de pelo, pues los valores íntimos vocacionales sirven para el alimento del espíritu y no para el aprovechamiento, por parte del sistema, de personas sumisas, calladas pero profesionales, en una especie de abaratamiento de los “costes de producción”, o simplemente de ahorro de los mismos.

Hoy es difícil encontrar a un militar que no sienta esa preocupación por los aspectos más esenciales de su vida afectiva familiar. Sería muy ilustrativo el poder conocer los datos estadísticos sobre absentismo laboral en el ejército, así como el número de divorcios que se dan entre los matrimonios donde uno de los cónyuges es militar.

Sabemos que lo normal para el desplazado por razón de destino dentro de la península supone un gran esfuerzo familiar que apenas se ve mínimamente compensado por una ayuda a la vivienda durante tres años. Pero los casos de los destinos insulares o en Ceuta y Melilla son aún más clamorosos. Un destino a uno de estos lugares se siente a veces como un castigo. Y esto viene generado por el escaso apoyo, por no decir nulo, hacia esa problemática situación familiar que se genera.

Nos preguntamos si tres euros la hora, veinticuatro horas al día, estando de misión en Irak o Afganistán, compensan en algo, no solo la penosidad y el peligro de esa actividad militar en tales circunstancias propiamente dicha, sino el efecto colateral familiar que genera. Es fácil compararlo con cualquier otro trabajo que suponga algún desplazamiento dentro del territorio español o por el extranjero y se puede observar claramente la injusticia retributiva que padece el militar. La peligrosidad y la penosidad han de remunerarse como se establece para otras profesiones, incluso dependientes de la administración. Pero el factor social que aquí matizamos es la especial condición que adquiere la familia cuando un cónyuge es desplazado por tiempo prolongado y en muchas ocasiones con una peligrosidad añadida. Ejércitos de países mas avanzados, al menos en aspectos sociales, tienen resuelto en parte el problema ayudando a algunas carencias de las familias en esas situaciones. Aquí ¿Qué medidas de apoyo se toman para las familias de los desplazados? ¿Qué seguimiento de su situación social se realiza? No existe una verdadera política social dentro del ministerio. La prevención y un verdadero observatorio de la vida militar, son dos actuaciones obligadas por la propia responsabilidad de quien dirige esta institución. La atención a las familias de militares fallecidos en misión parece que empieza a ser la adecuada, ahora hace falta que esa atención se lleva también a esas familias cuyo miembro militar se encuentra desplazado.

También nos preguntamos si en la futura aplicación de un Plan Concilia para los militares se establecerá algún tipo de órgano que dé un seguimiento y apoyo a esos problemas que surgen de los variados tipos de desplazamientos que sufre el militar a lo largo de su trayectoria profesional. Cambios de destino obligados por ascenso, por disolución de unidades, por traslado forzoso, por misiones internacionales, etc., se dan constantemente en cualquier ejército y muchos países solventan la problemática que generan dichos cambios con organismos dependientes de las unidades que se encargan de mitigar esas situaciones adversas para la familia.

Pero tampoco hemos de olvidar que el propio desplazado cuando no puede llevarse con el la familia pasa por situaciones de penosidad extrema. Con la ayuda que se recibe para vivienda, por supuesto insuficiente para un alquiler (lo mas probable es que la familia ya este pagando uno o una hipoteca), apenas llega para abonar los desplazamientos semanales que tendrá que realizar para encontrarse con los suyos. Pero cabe añadir que tampoco cuenta con un apoyo de infraestructuras en los acuartelamientos que le permitan residir temporalmente con dignidad en los mismos.

Realizar una verdadera atención a esta problemática que ya empieza a ser alarmante dentro del ejército supone un esfuerzo menor si consideramos ya una norma existente como el Plan Concilia que lo único que necesita es su adaptación a las especiales peculiaridades de la vida militar. También la creación del ya previsto Observatorio de la Vida Militar sería un buen punto de partida para conseguir todo aquello que ya se publicita de forma fantasiosa por parte del ministerio. Esos anuncios de militares que tienen atendidos a sus hijos en guarderías, que ofertan el “irás donde tu quieras” y que muestran un ejército idílico de sonrisas y bienestar está aún muy lejos de convertirse en una realidad.

Cabe preguntarse si esta dejadez ha venido impuesta por una falta de sensibilidad de la cúpula militar, quizás al no padecer las altas esferas de dicha problemática, pues no se entiende este retraso en la aplicación de medidas, cuando por ejemplo el resto de la administración ya cuenta con la aplicación del Plan Concilia.

Es un hecho, por ser algo inherente a su profesión, que el militar debe contar con unos valores que le permitan asumir grandes dificultades, grandes peligros y grandes penosidades, pero todo ello ha de ser dentro de los límites de su trabajo y no en su vida particular y familiar.

-AUME-

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