Fuerzas Armadas: problemas de soldados y soldadas

La Razón Digital, Opinión
D. MAZÓN


Se fue a Afganistán, y además de regalarle un reloj a un orihundo que venía con un pan bajo el brazo soltó su titular del verano antes de retirarse a descansar. Y lo hizo a lo grande: o lo cumplo o me voy. Ahí es nada, porque prometer subir el sueldo a los militares es algo muy bonito en el Ministerio de Defensa, pero a lo mejor en el de Economía no les hace tanta gracia.

Bono ya lo había dejado caer en numerosas ocasiones. La ya mítica frase de que «no puede ser que un brigada con veintiún años de servicio cobra lo mismo que un policía local recién ingresado en el cuerpo» no es la primera vez que lo dice, pero parece que desde el despacho de Solbes la única respuesta que se ha obtenido por el momento es el silencio. El proyecto del ministro de Defensa de subir el sueldo a los más leales servidores de España, aunque cueste 400 millones de euros, es algo de justicia. No es de recibo que un sargento del Ejército cobre tres veces menos que un compañero con el mismo rango de la Guardia Civil y varias veces menos que un ertzaina. Claro, que ante esta perspectiva, muchos optan por cumplir sus tres años de servicio en las Fuerzas Armadas y cambiarse a la Benemérita, que les paga más y les da mayor seguridad laboral, ya que la vocación militar en nuestro país está de capa caída. Casi 1.800 militares se fueron el año pasado a la Guardia Civil. Y dadas las cifras de efectivos en las Fuerzas Armadas, que no se acercan ni de lejos a las previsiones más optimistas, es una pérdida que nuestros ejércitos no se pueden permitir.

Por lo menos, Bono ha logrado, con su promesa, que presidente y vicepresidenta del Gobierno se mojen y digan que sí, que se va a hacer. ¿Y Solbes? Callado, haciendo cuentas para encajar el gasto en los Presupuestos Generales del Estado.

Aún así, hay una serie de medidas que se vislumbran como imprescindibles si se quiere tener unos ejércitos en condiciones, donde un barco pueda salir sin tener que cerrar otro, donde los escuadrones de combate no estén para sacarles lustre y donde cada conductor de carro de combate no tenga que hacerse cargo de tres tanques. Bono es muy consciente de esa situación, y quizá la promesa de subir los sueldos, como buen animal político que es, sabe que es la más contundente para comenzar a contentar a los militares. Lo demás ya comenzará a plantearse a medida que pase el tiempo.

Pero, aunque lo de los sueldos clama al cielo, no es lo único que hay que hacer. Este es un primer paso, por ejemplo, para hacer un poco más atractivo el alistarse en el Ejército. Bono aún no ha conseguido resolver las penosas cifras de reclutamiento que se manejan desde que las FAS se hicieron plenamente profesionales. Ampliar el cupo de extranjeros en las filas no ha ayudado todo lo que esperaban los responsables del Ministerio. Los anuncios de televisión animando a una nueva vida en el Ejército de Tierra, el del Aire o la Armada parece que acaban de calar entre los jóvenes. Los reservistas voluntarios, figura de peso en EE UU, tampoco resuelven gran cosa aquí por ahora, y la reconversión de la estructura de los Ejércitos tardará lo suyo. Y existen notables carencias en determinados empleos como el de comandante o en la escala de suboficiales que deben subsanarse.

Una de las cuestiones planteadas por el departamento de Bono al ministro y que también urge es la de la permanencia. Actualmente hay que esperar nueve años para lograrla, mientras que para salir de las Fuerzas Armadas se puede hacer en tres años. El proyecto pretende igualar ambas fechas en torno a los cuatro o cinco años de servicio.

Igualmente, en España hace falta una cultura de Defensa de la que se carece absolutamente. Los militares siguen siendo vistos, increíblemente, en muchos sectores como seres raros, antagónicos y poco útiles a la sociedad. Concepto este que, además de poco productivo, es una estupidez. El Ministerio tendrá que hacer un esfuerzo ímprobo por cambiar ese concepto en la sociedad, como base para un aspecto clave en este proceso: prestigiar una profesión imprescindible para España y para cualquier país moderno. Lograr que un militar sea valorado como es debido cuando abandona el Ejército es una tarea necesaria. Para ello, hay que dotarles de salidas profesionales acordes con lo aprendido en las Fuerzas Ármadas, además de incrementar la formación de todos los efectivos para tener no sólo militares más preparados, sino ciudadanos (de uniforme, pero ciudadanos) verdaderamente importantes para la sociedad. Pero eso se antoja más difícil aún que la subida de sueldos. Una vez lograda ésta, a los militares no sólo les preocupa el dinero.
La movilidad de la profesión acarrea muchas veces dificultades que nadie se ha preocupado en resolver. Andar «de la ceca a la Meca» toda la vida conlleva, por ejemplo, dificultades para los militares con hijos, que tienen que meterlos en el colegio que pueden, sin tener preferencia alguna para poder educarlos donde más consideren que les conviene, dado que a pesar del servicio que prestan su condición militar no suma puntos para la elección de colegio. Ese constante ir y venir lleva aparejado asimismo cambios frecuentes de vivienda, muchas de las cuales no se ajustan ni de lejos a las necesidades de una familia militar.

Y entre los militares tampoco gusta que los que fueron a Iraq, por mucho que fuera una guerra ilegal, injusta y demás, no tuvieran el reconocimiento de una medalla, que ellos no tomaron la decisión, cumplían órdenes aun arriesgando la vida.

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