La familia del teniente fallecido en Bosnia en junio denuncia el «trato denigrante» de Defensa

Periodico El Mundo.

Estuvo horas esperando el cuerpo de Santiago Hormigo, tras haber rechazado el funeral de Estado.

MADRID.- Cuando, el pasado 19 de junio, Clara recibió la llamada que nunca hubiera querido recibir, tuvo la entereza suficiente como para aguantar el teléfono entre sus manos y hacer una sola petición: que le devolvieran el cuerpo de Santiago, su marido, cuanto antes.

El teniente Santiago Hormigo Ledesma, de 32 años, casado con Clara y padre de dos hijos, acababa de fallecer en Bosnia, después de que el helicóptero que pilotaba se estrellara súbitamente por causas aún desconocidas. Había «dado su vida por España», pero Clara dijo que no quería honores, ni homenajes oficiales, ni funerales de Estado. Sólo quería velar a su marido con su familia y sus amigos e incinerarlo en la intimidad.

Lo relata la familia de Santiago, sus tíos, su padre, su suegro, que han podido aceptar y callar con lo que les ha tocado vivir, pero que no han querido. Todos ellos dicen que tuvieron muchos problemas para que el Ejército les entregara los restos mortales del teniente, que recibieron un «trato denigrante», que a los retrasos se sumaron las malas palabras y las informaciones a medias y que, al final, estuvieron a punto de no poder velar el cuerpo antes de la incineración.

La sorpresa en la cúpula militar y en el Ministerio de Defensa ante la decisión de Clara debió ser mayúscula. Era la primera vez en mucho tiempo que la familia de un fallecido en misiones en el exterior rechazaba seguir el protocolo de homenaje. La fotografía del funeral de Estado fue anómala. El féretro con los restos del sargento Joaquín López Moreno, fallecido en el mismo accidente, aparecía solo en la ceremonia, rodeado por una delegación de mandos militares y autoridades de Defensa de rango muy inferior al habitual.

Eso ocurrió el sábado por la mañana. Dos días antes, la noche del jueves, a Clara le habían asegurado desde Defensa que los trámites para devolverle los restos de su marido se harían con rapidez. Estaba previsto que los féretros de los dos fallecidos llegaran a la base de Torrejón, en Madrid, el viernes por la tarde. Tras la recepción y la obligada autopsia, le prometieron que le entregarían el cuerpo de su marido sin problemas.

Creyendo que todo iría bien, la viuda se quedó en Miguelturra, el pueblo de Ciudad Real en el que vivía Santiago con su familia, cerca de la base de Almagro, en la que estaba destinado. Allí podría descansar y preparar el velatorio y la incineración, previstos para el sábado.

A Madrid se marcharon el padre y el suegro de Santiago, sus tíos y otros familiares. Según cuentan, el viaje lo organizó el jefe de la base de Almagro, el teniente coronel Pedro Méndez de Mingo, el superior del teniente fallecido. Partieron en un autobús hacia la capital el viernes por la tarde, tres horas antes de que el avión con los féretros saliera de Sarajevo con destino a España.

El plan inicial era ir directamente a la base de Torrejón, recibir a pie de pista los féretros, desplazarse al hospital militar Gómez Ulla, esperar a que finalizara la autopsia y regresar después a Miguelturra. Si todo salía según lo previsto, podrían haber estado de nuevo en Ciudad Real el sábado de madrugada.

Las cosas, sin embargo, se torcieron desde el comienzo. A pesar de que no pensaban hacer noche en Madrid, porque no iban a asistir al funeral de Estado, durante el viaje les dijeron que el avión procedente de Sarajevo se había retrasado y que les iban a llevar a un hotel.

Fue el comienzo de una larga noche. Los cuerpos llegaron a Torrejón en torno a las 23.00 horas. Allí hubo unas palabras algo más que tensas entre los familiares de Santiago y el teniente coronel De Mingo, cuando éste se acercó a darles el pésame. En la base, alejados del avión que traía a los dos fallecidos, apenas vieron los féretros.

«Malas maneras»

Lo peor estaba por llegar. Cuando, ya de madrugada, estaban esperando en el Gómez Ulla que finalizara la autopsia y les entregaran el cuerpo, un oficial les comunicó, «con muy malas maneras», que no podrían llevarse a Santiago esa noche. Según les dijo, el traslado de unos restos mortales de una región a otra sólo puede hacerse con la autorización de un juez, y a esas horas no había ninguno despierto.

 

Preguntado por cómo era aquello posible, el oficial les dijo: «Es que esto no ocurre todos los días». En efecto, no es usual que una familia no quiera participar en un funeral de Estado, y ni el encargado del viaje de las familias, ni sus superiores ni nadie en Defensa lo había previsto.

Les citaron a las 10.00 horas del sábado, pero el juez no apareció por allí hasta las 11.30. Al final, los restos mortales de Santiago no partieron hacia Ciudad Real hasta que no hubo terminado el funeral de Estado. Y, después de esperar toda una noche por un trámite burocrático, salió sin que el juez lo hubiera autorizado. Alguien dio el permiso, mientras los familiares esperaban la firma del magistrado.

En Miguelturra, Clara llevaba horas esperando, viendo cómo esas últimas horas en las que quería despedirse de Santiago se estaban esfumando. El velatorio sólo pudo durar una hora. Los familiares desplazados a Madrid casi no llegan a la incineración y a muchos amigos de Santiago no les dio tiempo. Y dos días antes, cuando recibió aquella llamada, Clara sólo había pedido una cosa: que le devolvieran el cuerpo de su marido cuanto antes.

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