MILITARES Y SOCIEDAD

Un año más el desfile de las Fuerzas Armadas sirve de escaparate de las unidades  que las conforman,  de  acto de cohesión con el resto de la población y, como no, de espacio para la burla, el chiste y la crítica política perdiendo el horizonte de lo que verdaderamente significa un acto de reivindicación del patriotismo, de exaltación del sentimiento nacional, de reconocimiento y homenaje a los militares y de recuerdo a los caídos por España.

Los insultos a unos y a otros, el momento del Presidente ante  la bandera norteamericana, si acudió o no  aquel ex-ministro, la Unidad Militar de Emergencias o la cabra de la Legión, se convirtieron, según parece desprenderse de las noticias aparecidas en la prensa nacional, en el eje de la atención de aquel día. Bien sabemos que todos los militares, sus familias y la gran mayoría de la sociedad no necesitan formar parte de acciones o críticas esperpénticas, sentimientos, comentarios o acciones que nada tienen que ver con lo que representa dicho acto socio-militar. Los militares ya están acostumbrados a ofrecer lo mejor de sí mismos y obtener por respuesta la indiferencia y la falta de respeto.

 

    Cuando se elogia a las Fuerzas Armadas, no se sabe muy bien cómo y de dónde surge esa voluntad, pues el reconocimiento que se ha de desprender de ello no se corresponde con la realidad social que viven los componentes de aquéllas. En el informe efectuado por el CIS, allá por el mes de julio, sobre valoración de profesiones en la sociedad española, aparecía la profesión de militar como la peor valorada. Del mismo informe se desprende que el prestigio de los militares viene decayendo desde hace diez años en paralelo al proceso de la plena profesionalización de las Fuerzas Armadas. Y no sólo eso; además, aparece como la profesión menos recomendable. O bien se les elogia, entonces, precisamente por oficiar una profesión que nadie valora, o existe una información falsa y no poco interesada por vender un producto con engaño.

 

   Parece ser que esa imagen que se ha querido mostrar de unas Fuerzas Armadas, convertidas en una especie de ONG, no ha dado el fruto deseado; pues ni la sociedad lo valora y ni los propios militares se sienten cómodos ante la imagen del modus operandi  que revierte en filosofía de actuación y por ende deja de brazos cruzados a nuestros soldados en lo que verdaderamente les concierne, la defensa militar de España, y en todo caso, en actuaciones con uso de la fuerza que les garanticen la victoria en la misión, que es para lo que verdaderamente están preparados. También cabe añadir otro elemento más de los que no ayudan en la valoración: el estado deplorable de la profesionalización del soldado o marinero.

 

   Sí, es cierto que lo de la plena profesionalización del soldado o marinero no termina de cuajar en el ámbito de aquellos que ya lo son y en su entorno familiar y social, pues no se deja de tener la sensación de estar con un contrato basura que, a la vuelta de la esquina, les puede dejar en la calle a la firma del siguiente contrato durante el periodo del compromiso inicial. Atendiendo a esta circunstancia, y a la situación en que quedan sus familias cuando estos militares se encuentran en misión internacional, es fácil deducir que nadie quiera que los suyos pasen por esas calamidades, máxime cuando no tienen un reconocimiento  remunerativo y unas medidas de apoyo social que ayuden a paliar esas circunstancias.

 

   No obstante, el resto de la ciudadanía continúa sin tener una información suficiente y veraz de lo que acontece en la vida militar. Tanto la situación profesional del militar como el verdadero sentido del hecho militar, su objeto, la preparación de sus componentes y la actuación de los mismos, siguen siendo un misterio para la mayoría de la sociedad. Uno de los comentarios más frecuentes en el Paseo de la Castellana de Madrid durante el desfile de nuestras tropas, entre el desbordante colorido y el ruido de vehículos y aeronaves, era lo normal que resultaba un acto tan brillante, pues los soldados se pasan el día conduciendo vehículos y desfilando. Claro que esto no es una opinión generalizada, pero comentarios en éste y similares sentidos hay muchos; pareciera que el militar sólo trabaja cuando está en misión internacional.

 

   Falta mucho aún para que podamos tener una Fuerzas Armadas verdaderamente cohesionadas con el resto de la sociedad.  No puede continuar habiendo una distancia tal que determine ciertos comportamientos como algo extraño, caduco o misterioso  en la actuación normal de los militares. Todavía vemos que la libertad de expresión, la actuación de militares en ejercicios por cualquier lugar de la geografía española, el  simple hecho de vestir de uniforme por la calle o en actos que no son netamente militares, son hechos que se consideran extraños o negativos y que están fuera de lugar.

 

   La propia legislación militar dificulta ese paso decisivo hacia la cohesión social. La falta de una ley de derechos y libertades del militar, así como la actitud del Ministerio de Defensa de mantener al militar y a su persona dentro de los muros de los cuarteles continúan minando la integración del militar en la sociedad.

 

   Recientemente se ha dado la instrucción de restringir accesos y limitar contenidos a un medio de comunicación como es Internet dentro de los cuarteles, con el agravante de la amenaza de utilización de sanciones. Hechos como este, unidos a la falta de un reconocimiento del asociacionismo militar, la poca participación interinstitucional a todos los niveles, el escaso interés de  ciertos sectores de la Administración Pública por la institución militar y la falta de un  expreso reconocimiento del sometimiento total de las Fuerzas Armadas a los poderes del Estado, son factores que empujan al Ejército y a sus miembros a ser un compartimento estanco de la sociedad, en lugar de una parte de la misma perfectamente cohesionada con el resto.

 

   Detrás de los uniformes, de la preciosidad de un desfile y de la imagen de nuestros militares en las misiones, se encuentran unas personas y sus familias, que padecen aún hoy los efectos negativos de no formar parte plenamente de una sociedad a la que sirven.

 

  No sabemos si, efectivamente, el 12 de octubre se rinde homenaje a las Fuerzas Armadas con un desfile que depara muchas noticias con connotaciones muy distintas a lo meramente militar, pero, ¿Se  rinde homenaje a las personas que las integran?

 
 

-AUME-     

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