El faro de Ceuta
Los militares sufren una nueva decepción por el incumplimiento de las promesas realizadas por el anterior equipo ministerial, agravado por el mantenimiento de la misma actitud por parte del nuevo equipo.Llevamos algo más de un año de desarrollo del Reglamento de retribuciones del personal de las Fuerzas Armadas y la aplicación del mismo resulta ya un evidente engaño
Un ejercicio de cinismo amparado en el acatamiento callado de los militares ante los graves ataques a su dignidad, su profesionalidad y a las justas remuneraciones que han de percibir por sus cometidos.
Se conocían ya algunos documentos que, desde mediados del año 2006, circulaban por los cuarteles sembrando la crispación debido a su contenido. En ellos se establecían los parámetros que matizaban las distintas circunstancias que enmarcan los puestos militares, dando una especial relevancia al empleo. El Real Decreto 134/2005 establece lo siguiente:
“El componente general del complemento específico sigue vinculado al empleo alcanzado por el militar. Sus cuantías se elevan con carácter general, pero con incrementos distintos por empleo con la finalidad de racionalizar las existentes hasta ahora para que respondan a la progresión de la carrera profesional militar. El componente singular deja de estar directamente vinculado al empleo para convertirse en el elemento retributivo que compense las características y circunstancias específicas del puesto desempeñado”.
En su aprobación, el Consejo de Ministros dijo:
El incremento salarial no será lineal, sino que compensará los empleos peor retribuidos, primando la responsabilidad, la preparación técnica, la dedicación y la penosidad entre los destinos de los diferentes empleos.
“…me quiero batir el cobre en defensa de los militares, especialmente de los suboficiales y de la gente que menos importancia social tiene…”. Estas palabras fueron pronunciadas por el anterior Ministro de Defensa José Bono. En ellas, como en muchas otras declaraciones realizadas por aquellas fechas, dejaba patente que la intención era subir las retribuciones para los empleos peor remunerados, los empleos de suboficial y los de tropa y marinería. Pero la realidad es muy distinta. No se sabe cómo ni quiénes se han repartido los complementos que retribuyen el puesto de trabajo, lo que sí es evidente es que se han repartido atendiendo al empleo; a mayor empleo mayor complemento, es decir, cuanto mayor es el empleo más aumenta la cuantía de dicho concepto. Todo lo contrario de lo que el propio Reglamento de retribuciones establece.
Los militares están teniendo estos días la confirmación de los complementos (CSCE) que se les están adjudicando y, sus reacciones, en términos generales y a medida que se desciende en el orden jerárquico, no son otras que de desconcierto, descontento e impotencia ante tanta ignominia.
Se desconoce cuál ha sido el sistema para la aplicación del susodicho complemento. Se sabe, porque así se estableció en el Reglamento, que la aplicación de aquél debería ir pareja a la conformación de los puestos de trabajo (puestos militares), es decir, a la definición del puesto atendiendo a las peculiaridades que el complemento viene a retribuir. No se conoce trabajo oficial alguno al respecto y, por tanto, no se conocen las especiales circunstancias y servidumbres que se han tenido en cuenta para su aplicación. De ahí que el militar, conociendo esta circunstancia y a la vista de cómo se han repartido los complementos, tenga el cabreo que estos días está manifestando.
Del Ministerio de Defensa surgió la inquietud de repartir 200 millones de euros en este concepto retributivo para remunerar con justicia a unos determinados empleos, todo ello en base a su puesto de trabajo, no al del empleo (graduación), ya que la anterior situación era manifiestamente injusta. Pero en lugar de eso, la realidad es que los 200 millones de euros se reparten a todo el espectro de la jerarquía militar en orden al empleo, a mayor empleo mayor retribución. O sea, de nuevo engañados.
En el Ejército existe una eficiente forma de actuación, que consiste en comprobar siempre que lo ordenado se cumple a rajatabla. ¿Quién debe comprobar, en este caso, que lo ordenado en el Reglamento de retribuciones se cumpla a rajatabla? . Lo cierto es que cabe recurrir la aplicación del Reglamento, pero tampoco se conocen ni el método empleado ni las premisas que se han tenido en cuenta para dicha aplicación.
Nunca antes, que se recuerde, se había sentido tanta crispación dentro de las Fuerzas Armadas; y es que un aspecto profesional tan delicado como las retribuciones toca sensiblemente la tensa fibra de la dignidad. Estas retribuciones fueron publicitadas por el anterior ministro como un logro sindical (se erigió él mismo en el “representante sindical”de los militares) para los más desfavorecidos en cuanto a sus retribuciones dentro de las Fuerzas Armadas. Y es por lo que resulta indignante ver cómo se tergiversa el espíritu de las intenciones primeras.
Pero lo más frustrante es que el militar continúa callado; aún no es capaz de dar ese paso adelante que le haga defender su dignidad de la forma legal y efectiva que el Estado de derecho pone a su alcance. Debe ser consciente de que la resolución de sus problemas profesionales no está sólo de mano de las normas que puedan afectarle en ese sentido. El militar ha de tomar conciencia de que también tiene la capacidad de influir en la creación y desarrollo de normas que puedan mejorar sus condiciones profesionales.
Mientras el militar no sea capaz de asumir que tiene su camino abierto para la resolución de sus problemas y para la defensa de su dignidad, tendrá que seguir soportando hechos como el de la aplicación de estas retribuciones, que le rebajan a un estado de indignidad.