Estamos comprobando día a día como transcurren los cambios que originan una nueva concepción del denominado “arte de la guerra”. Aunque observemos los cambios relativamente lentos para el ojo humano, lo cierto es que, bajo una perspectiva histórica, se están produciendo a velocidad vertiginosa. La lucha de bloques, la ocupación territorial, la actuación de los ejércitos en despliegues territoriales y la iniciativa de los estados en las contiendas están dando paso a nuevos actores que conforman el escenario de las guerras actuales.
A lo largo de la historia los conflictos bélicos han tenido de forma alterna dos principales motivos de confrontación: los factores económicos (hoy quizás cabría igualarlos a los denominados factores geopolíticos) y los factores ideológicos. Nunca se han dado por separado, el factor predominante o desencadenante del conflicto siempre ha sido uno de ellos, estando el otro en un segundo plano actuando ocultamente y siendo, incluso en ocasiones, más profunda su actuación que la del aparentemente factor principal.
Una clara diferencia respecto del pasado y determinante del resto de parámetros que conforman estos nuevos escenarios es que los estados han dejado de ser los actores directos y principales en los procesos desencadenantes de conflictos. Terrorismo internacional, violencia organizada, señores de la guerra, son denominaciones de nuevos actores en las contiendas que se utilizan frecuentemente cuando hablamos de las guerras actuales. No son generalmente los estados los que originan los conflictos, sino grupos organizados que atienden, en estos casos, a factores ideológicos y no geopolíticos, como cabría en una actuación bélica por parte de un Estado. El daño que se busca no es reducir o anular la capacidad de defensa militar de un Estado, sino infligir terror y daños en la población civil y en su estatus de vida.
Ya empieza a ser normal el uso del término “lucha asimétrica” por parte de los mandos militares que dirigen las operaciones en escenarios de conflicto. Esta lucha asimétrica, determinada en gran parte por la estructura en red que adoptan los componentes de los grupos armados, tiene como escenario de su actuación, en términos generales, los territorios de los países occidentales, o lugares donde los mismos tienen intereses. Los antiguos frentes en línea se han sustituido por lugares concretos dentro de cualquier ciudad para conseguir uno de los principales objetivos de estos nuevos actores: la desestabilización. Embajadas, empresas, lugares de ocio o centros religiosos son, entre otros, lugares elegidos para la comisión de atentados. Si las acciones son llevadas a cabo en los países donde se están desarrollando operaciones militares contraterroristas, son los convoyes militares quienes sufren los ataques utilizándose para ello tácticas guerrilleras, al tiempo que los considerados colaboracionistas también son objeto de atentados.
Este nuevo escenario ha obligado a que los países occidentales interrelacionen la defensa militar y la seguridad interior poniendo en práctica planes en los que las fuerzas armadas desarrollan también misiones de seguridad a modo de policías encargados de la seguridad interior. En este ámbito, el de la seguridad interior, es donde tradicionalmente han tenido su lugar de actuación las fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados, las policías.
Estos cambios rápidos en las nuevas formas de guerra no han tenido correlación, por parte de los dirigentes políticos, con una respuesta estratégica ante dichos cambios. La falta de agilidad por parte de las potencias para adecuar la defensa y la seguridad está originando graves problemas a la hora de vertebrar la actuación de unos ejércitos aún dotados y preparados exclusivamente para guerras convencionales. El ejemplo español es claro en este sentido; para poder articular una fuerza operativa según las exigencias de la misión se han de desmembrar unidades y conformar otras nuevas para actuaciones temporales. Pero ahí no acaba todo, ante la ambigüedad de las misiones, de paz, de interposición, de reconstrucción, de seguridad, etc, se opta por utilizar a las Fuerzas Armadas de forma velada en misiones de seguridad totalmente policiales. Así, conocemos actuaciones militares en vigilancia de vías y estaciones de ferrocarril en la operación Romeo Mike, actuaciones en apoyo de la Guardia Civil en la vigilancia de fronteras, actuaciones de orden público en periodos electorales en varios países, etc.
Continuando con el caso español, hay que matizar que la Ley de la Defensa contempla ya estas nuevas misiones de seguridad que pueden llevar a cabo las Fuerzas Armadas. Ello no tiene que sorprender debido a las nuevas formas de guerra a las que nos enfrentamos, donde las tareas de defensa territorial, la defensa de valores constitucionales y la seguridad de las personas son objeto de una misma amenaza. Países como Estados Unidos, Francia o Inglaterra llevan ya largo tiempo utilizando sus ejércitos en misiones policiales, y poco a poco más países se van incorporando a esta nueva dinámica. Sin embargo, parece dejarse de lado un factor fundamental: la adecuación de los ejércitos a esta nueva concepción de lucha.
Sí sorprende que los ejércitos no se adecuen en organización, medios y formación del personal ante este nuevo escenario. En España urge ya que se tenga en cuenta que para que nuestras Fuerzas Armadas puedan cumplir estas nuevas misiones con total garantía, ha de establecerse una reorganización para la adecuación de las unidades implicadas en dichas misiones de seguridad. Se han de dotar a dichas unidades de los medios necesarios para llevar a cabo dichos cometidos. Se ha de formar adecuadamente al personal implicado en ello. Y fundamentalmente, se ha de dotar, ante estas nuevas responsabilidades, de la autoridad necesaria a dicho personal, de la que a día de hoy, por cuestiones de ley, carece por completo.
La norma moral de actuación de los militares ha de corresponderse también con estas nuevas concepciones de guerra. Las actuaciones en países lejanos, apartadas de la pura concepción de la defensa nacional, pueden desvirtuar el sentimiento patriótico que surge cuando la misión, sin embargo, entraña la defensa de la nación. Cabe añadir también que esa revisión de la norma moral debe contemplar que las motivaciones patrióticas quedan totalmente fuera de lugar cuando el militar es de origen extranjero.
Agilidad política, visión de futuro, adecuación del personal y de los medios, y reconocimiento de las labores del militar, son factores imprescindibles a la hora de garantizar la necesaria seguridad del pueblo y la defensa de la nación ante las nuevas guerras en las que ya nos hallamos inmersos, y que, según la dinámica actual, parecen ir a más.